Recientemente conocimos las estadísticas mundiales y de Colombia sobre las personas que posiblemente pasan la vida en un grado de hambre muy pronunciado. Datos a todas luces serios por su origen investigativo, entre otros una Misión de la ONU. La verdad es que nos quedamos desconcertados porque, aun cuando teníamos una referencia vergonzante de esas estadísticas, no nos imaginamos las cifras jamás.
Se establece que en el mundo mil seiscientas (1.600) millones de personas atraviesan la vida con hambre permanente, lo que en cifras netas estaríamos hablando de un 20 % de la población mundial. En Colombia se estima que el porcentaje es de 17 %.
Al mismo tiempo conocimos que en todas partes del mundo lo que parece natural y lógico, los desperdicios del aseo en general, donde van a parar las sobras de los hogares, hoteles, restaurantes, colegios, clínicas, hospitales, cárceles y varios estratos ya clasificados de la vida cotidiana, botan a las basuras más de 6 mil millones de toneladas de desperdicios alimentarios al año. Esto se desplaza definitivamente porque no se consumió, y es en resumen una aterradora realidad, repetimos, mundial, no solamente de Colombia.
Por ejemplo, las cifras de los Estados Unidos asombran, y las de países de Europa como Italia e Inglaterra despiertan demasiada sorpresa. Este comentario no es una crítica ni un intento de censurar conductas, ni más faltaba. Es un tema de costumbres y quizá en algunos casos de manejo práctico y rápido de hábitos aparentemente inhumanos atascados en la rapidez y la velocidad de la cual se victimiza el hombre hoy por andar a las carreras.
La conclusión, que es la de cientos de pensadores en el orbe, es una pregunta elemental: ¿No podría el mundo entero, incluyendo por supuesto a Colombia, a través de leyes precisas, modernas, de gobiernos muy conscientes de una responsabilidad humana como es la hambruna mundial, establecer miles de recolectores de desperdicios que se juntaran, se unieran en un gran mundo tecnoadaptado a las circunstancias y se repartiera esa secuela de la alimentación mundial, bien tecnificada, si se quiere seleccionada, para repartirlas entre los millones de hambrientos que pululan en las calles del mundo?
¿Se establecerían nuevas empresas de recolectores, de clasificadores de alimentos, de surtidores seleccionados que, mediante un proceso altamente tecnificado, repartan los desperdicios entre los mendigos y no mendigos de la pobreza que conviven en las miserias en todas partes del orbe?
¿Serían multinacionales, gigantescas pero con el apoyo de los gobiernos, con sus leyes reguladoras, con las capacidades técnicas de hoy en el tratamiento y reparto, las que podrían mitigar esa hambruna que martiriza con solo procesarla en nuestra mente?